sábado, 22 de marzo de 2008

La marca inconfundible del decir de Laura

Me llamo mala*

El narrador de historias ha colgado un dibujo con mi rostro sobre la pared. Es un dibujo en papel escolar, con tinta negra y trazos rápidos. Ahora, sacude una pandereta para reunir al público. Sé que contará mi historia sin belleza ni sabiduría, llena de supersticiones y engaños. Así se la contaron a él, así la contará su hijo.
Por eso, mientras se distrae conversando de viajes y mercancías, me apuro a iniciar este relato. No les diré mi nombre, porque no importa cómo me llamaron al nacer. Diré que me he dado a mí misma nombres de santas y de reinas, de poetas y magdalenas. Los probé todos con igual alegría y compasión y así aprendí del mundo y de mí.

Minuciosa en el conocimiento del placer, he trazado los mapas de mi cuerpo, las líneas de estrellas, los lagos y las cicatrices. No ha sido fácil, fui educada como una niña ciega. Llevaron mi mano dócil sobre cada cosa mientras nombraban y describían lo que debía saber. Anduve a tientas hasta que aprendí a leer en mi corazón y en mi silencio. Entonces, supe el verdadero nombre de mi sexo, su lenguaje de flor, su dulzura y fui capaz de ofrecerlo a la primavera.
Ya no le temo a la pasión. Encendida ante la revelación del amor, atravieso los días y el desierto. Huyo a media noche sin despertar a los que duermen, me tiendo en la arena y escucho la conversación del mar con mi sangre.
Sólo con los ojos abiertos pude mirar más allá de mi rostro y vi.

Vi a mis hermanas con la boca golpeada por maldecir y desobedecer. Vi las marcas de sus uñas en sus propios brazos, heridas para calmar el dolor, para escribirlo de manera salvaje sobre sus cuerpos y que haya escándalo.
Las vi mudas ante sus hijas, avergonzadas mientras las vendían por casi nada, sin la última esperanza.
Vi también a la muerte llevándose los restos de las muchachas que nadie recuerda, la vi cargando los pequeños huesos del hambre y el cansancio.
Vi a las madres preguntando por sus hijos, las escuché repetir sus nombres hasta hacerlos cuerpo de nuevo.
Y vi más. Vi viejas vagabundas, con flores en el pelo, hablando solas en la puerta de las iglesias, cubriéndose la cabeza para dormir.
Vi el miedo en los ojos más bellos. Oí cantar a las pequeñas, pidiendo al corazón que resista la humillación y la tristeza.
Y fui cada una de mis hermanas para siempre.
Guardo la memoria de los crímenes y los asesinos.

Olvidé, en cambio, las artes aprendidas de mis abuelas y de mi madre. Ni agujas ni hilo.
Entretenida con libros que tratan de las cosas del aire y del agua, dejo que se apague el fuego de la cocina y me pierdo en el misterio y en el sueño.
Voy tras mis propias preguntas tiritando de frío y no escucho lo que susurran en las puertas. Vestida de negro y sin anillos, trato con la noche, que me oculta y me alimenta con la amistad de sus criaturas.
Conozco todos los nombres del diablo y me he dejado seducir por su lengua dispuesta a la mentira y lo fantástico. Me iría con él si me lo pidiera sólo por ofender a dios, que me ha despreciado en todos sus libros, bajo todos sus rostros.
Enseño a mis hijos las leyes que rigen la vida sobre la tierra y nada les doy a cambio de la muerte, ni el paraíso, ni el infierno. Mientras los ayudo a lavar sus cuerpos o pongo un plato de alimento en sus manos, voy nombrando las constelaciones y los poetas que les salvarán el alma.

Una a una he desprendido las cuentas del rosario con el que pagaba mis pecados. Así pude saber las palabras secretas de mi alma, su terror y su levedad. Sentir que me pertenece y puedo volcarla hasta la última gota, veneno o delicia.
Sólo en la luz prohibida del pecado, fui vuelo y aire. Ya no creo en el castigo. Construyo el bien y el mal en el amor. Doy todo lo que puede dar mi cuerpo y mi alma, como septiembre, dispuesta a la luz y el perfume. Pero no me entrego a la ensoñación ni a la violencia. Despierta en mi piel y dueña de mi deseo.

Muevo mi mano sobre el cuaderno llevada por la corriente de mi pensamiento, una magnolia en el agua que no sigue más destino que el declive del tiempo y el peso carnal de sus pétalos. Escribo en el nombre de mis hermanas.
Nos han encerrado a bordar las sábanas en que seríamos entregadas como esclavas para la descendencia. Hemos creído en la felicidad de ser madres como si estuviera escrito en las líneas de la mano que leen las gitanas.
Educadas para pintar nuestros ojos y masajear con aceites nuestras caderas, han vendado nuestros pies hasta mutilarnos e, imposibilitadas de andar, nos han atado a la tradición familiar. Aprendimos a ofrecernos dulces y bellas a cambio de la pertenencia a alguna genealogía del poder. Ignorantes para sobrevivir al fuego.

Y sin embargo, cada día, en todas las lenguas, vuelve nuestra voz.
Sentadas en el hielo, conversando en silencio con el espíritu de los animales que habitan el mar y el cielo.
Con una vasija de agua a cada costado, atravesando la tierra al sol, en el ritmo de un par de sílabas que se repiten hasta ser música.
Mientras la mano viene y va sobre los hilos del tejido y el viento cuenta una historia en nuestra cabeza.
En los secretos trazos de unos versos bordados en la trama blanca del lino.
En retahílas antiguas que acompañan los círculos de la cuchara sobre el fuego.
Caminando bajo las estrellas.
En el monólogo impreciso que se pierde en habitaciones sin luz.
En el rumor de los pasillos de los hospitales.
Atadas a la cama.
Repitiendo de memoria las fórmulas del amor.
Amamantando niños en el balanceo de las canciones de cuna.
Trabajando de pie ante una máquina que escucha nuestros secretos.
En la alegría de traer flores como si sirviera de algo.
Con la espalda doblada sobre a la mesa, escribiendo al dictado de la memoria y de los sueños.
En la mirada encendida, puro grito que arde el aire.
Nuestra voz ronca, desafinada, dulce, imperceptible, maravillosa, hecha añicos, que danza, que sopla, que se lleva la lluvia o la desparrama, que se agota y vuelve como el tiempo o la luna, nuestra voz.

El narrador de historias ha callado la pandereta, ahora camina hacia aquí sin entender lo que pasa. Lento, repito el último párrafo de mi relato. El público se dispersa entre los olores del mercado, prueba alimentos desconocidos con la punta de la lengua, saluda y ríe, celebra la intensa claridad del día que hace entrecerrar los ojos, el dulce mareo del olvido.


Laura Forchetti
Monte Hermoso, marzo de 2008



* Un juego del pensamiento; deseo nacido de una lectura de Orhan Pamuk.

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