viernes, 11 de septiembre de 2009

MONÓLOGO DE BATUKE

1º de diciembre de 2008



Después de que mi dueña me trajera a casa empecé a experimentar sus abrazos y palabras acariciantes. Todo eso me regusta porque soy por naturaleza muy, pero muy mimozón. Cuando vamos de paseo, me gusta saludar a la gente. ¡Pero saludarla de verdad! Nada de aceptar que me miren de lejos y digan; ¡Qué lindo! ¿Cómo se llama? Porque mi sana intención es acercarme y dar muchos besos de lengua y meter mi hocico húmedo por debajo del pelo, detrás de las orejas, y todo eso. También espero una cosquillita en la panza, rascaditas en la cabeza y todo acompañado por un dulce sonido. Son palabras pero yo lo único que percibo es si la voz es de esas que te arrullan cuando llegan a tus oidos o sólo es una voz inexpresiva.
A veces me impaciento un poco porque algunas personas ni acusan recibo de mi saludo. Y eso que es totalmente efusivo… Mi colita se sacude como un banderín al viento; salto y me paro en mis patitas para que el saludo se note más. Ladro un poco pero cuando lo hago me retan, me parece que es porque me sale un ladrido muy agudo y molesto para los oídos de los seres humanos.
Pero yo insisto y como lo hago con amor, terminan –aunque no todos- acercándose y rascándome la cabeza. Cuando hacen eso, yo me balanceo de un costado para el otro con la cabecita baja como buscando y acompañando la mano. Es que me produce mucho placer. Esa es mi debilidad: la búsqueda incesante de placer. Me gusta escuchar a la gente, no porque los entienda sino porque algunas veces el único que anda cerca del que habla soy yo y me parece que se siente mejor cuando muevo la cabeza a un costado como si estuviera comprendiendo lo que dice. Miro fijo a los ojos y muevo la cabeza. Eso me da un aire de estar muy atento

Sí,… mi tamaño es mini y eso hace que me pongan toda clase de apodos y sobrenombres cariñosos: la fiera, el llavero, el enano, el chiquitín… Todos por el estilo. A mí no me molesta ser tan diminuto porque me da la ventaja de meterme en cualquier sitio y también acomodarme hecho una rosca en la falda de mi dueña. Cuando llegué a la que sería ¡mi casa! , me encontré con dos seres amistosos que se convirtieron en mis amigos. Lobo, el más viejo, al principio ni me miraba. Supe que tenía 12 años pero era tierno como un cachorro. Con el tiempo y después de hacerle muchos mimos en el hocico y meterme en su cucha apenas me despertaba, la relación se incrementó. La otra, Sofía, es una pichicha de 4 años pero por su tamaño parece una gigante. Eso es lo que más me molesta. Ya contaré más adelante porqué…

Mi dueña me lleva en el coche a todas partes, lo jodido es cuando me tengo que quedar solito esperando que vuelva. Se me oprime el corazón y empiezo a desesperarme. Lloriqueo un poco y ella se pone firme para que me acostumbre. Pero, ¡cómo me cuesta! La miro alejarse del coche por la ventanilla de un costado,... por la del otro lado,... por el vidrio delantero y también por el de atrás. Cuando no la veo más, me enrosco en el piso y me duermo. Así, el tiempo pasa más rápido. Cuando ella vuelve, ¡es una fiesta! Me acaricia, me besa y yo hago lo mismo con ella.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Ideas fijas...


Fotografía de Joel Peter Witkin

No quiero seguir pensando en todo aquéllo. Pero me cuesta apartarlo de la mente. Algunas veces pienso que mi otro yo fabuló toda esa historia para entretenerse. Pero, también aparece otra idea que refuta lo anterior. Entonces me doy cuenta que tiene el mismo peso, gravita de la misma forma una u otra de las dos posibilidades. Y ese es el gran dilema. Si nunca hubiera sucedido ¿por qué es tan claro su recuerdo, por qué hasta revivo la sensación del miedo que sentí a que nos atraparan con eso en el bául? Además, odio la complicidad que se estableció con mi hermano porque sin su ayuda nunca hubiera participado en algo así. La mayoría de las veces me siento más motivada cuando trabajo en grupo o en equipo. Pero, después de revivir la intensidad de esa vivencia, respiro y me digo, ¡vamos, si eso no sucedió nunca! Si todo fue el producto de tu imaginación o el contenido de uno de los tantos sueños-pesadilla que por esa época me atormentaban. Era una época de muerte y terror...
Cuando estábamos entre amigos, sólamente en esos momentos, nos animábamos a comentar lo que sabíamos: quienes habían escapado, quienes habian "sido boleta" quienes habián sido "chupados",... Y si sabíamos algo muy serio, hasta optábamos por hacer como el perro que se comió los chorizos del asado. Desde esa época ,me quedó la inclinación por una proposición que dice: Más vale callar y pasar por tonto que hablar y despejar las dudas. Algo mencionábamos como si estuviéramos hablando de un buen libro que habíamos terminado de leer.
En fín, esos momentos funcionaban como descansos de la tensión permanente en que nos hacía vivir el miedo. Pero el descanso duraba poco, siempre duraba muy poco. Pegado al último beso y abrazo de la despedida, se nos ganaba nuevamente en el alma el dolor que produce el miedo intenso.
Recuerdo que costó un gran esfuerzo hacerlo entrar en el baúl del coche.
Pesaba y se nos escapaba de las manos, ¡agarralo fuerte! ¡que se te cae otra vez! ¡por favor, apurate! ¡no doy más, tengo miedo!

Después salgo de ese pozo oscuro; me alejo de la sombra de ese recuerdo,... No existe nada de todo eso que aparece en mi mente; nunca existió; nunca lo comenté ni siquiera con la persona que aparece como mi cómplice.
Ahora me pregunto: ¿por qué uso ese término: "cómplice"? ¿Es que realmente hubo algo donde alguien me ayudó o fui yo quien ayudó?
Tampoco puedo ir por la vida preguntando a mis amistades si en el pasado me ví envuelta en algo parecido a un crimen... ¿Quién puede hacer eso? Nadie.
Es cierto que dos o tres años después del tiempo de hierro y horror, yo caí en una histeria, padecí amnesias parciales,... y decidí iniciar un tratamiento psiquiátrico.
El tiempo como una gasa pesada fue velando capa tras capa, el pasado.