domingo, 28 de marzo de 2010

Relación con el cuerpo y su presencia en la poética.

«El cuerpo es el vehículo de la existencia en el mundo y tener un cuerpo es, para una criatura viva, estar integrado en un entorno definido, para identificar¬se con ciertos proyectos y estar siempre comprometido con ellos» Merleau- Ponty

Palabras claves: Cuerpo como propiedad - cuerpo vivido. (Repertorio latente de capacidades de comportamiento que se ha configurado mediante hábitos adquiridos culturalmente a partir de las posibilidades permitidas por nuestra estructura anátomo-fisiológica)

Este trabajo se inscribe en el marco de la investigación que dirijo desde el 2006 al interior del Programa Nacional de Incentivos a los Docentes investigadores: MUJER.- DISTINTAS LECTURAS DE LA CONSTRUCCIÓN DE LA IMAGEN FEMENINA A TRAVÉS DE LA PERSPECTIVA CRÍTICA DE GÉNERO EN DIVERSOS SOPORTES DISCURSIVOS EN LA ARGENTINA DEL SIGLO XX.
Las preguntas que lo atraviesan se pueden expresar de la siguiente manera: ¿Se posee un cuerpo o se es un cuerpo? ¿La explicación fenomenológica acerca de la percepción del mundo en general y del cuerpo en especial es igualmente válida para el sujeto humano masculino y el femenino? ¿La mujer se vive como cuerpo?
En la actualidad, las normas y leyes sociales, los esquemas familiares ¿le permiten tomar consciencia de eso? Su educación ¿ha variado tanto como para que pueda referirse a sí misma como la responsable de su afectividad? ¿O aún se refugia en el desdoblamiento tradicional de cuerpo y espíritu?

Con este trabajo sé que las preguntas continuarán sin respuestas; sólo trato de visibilizar el tema, la duda que tengo. Por lo tanto, el método de abordaje que utilizo es dialéctico existencial-descriptivo-reflexivo. Me valgo de ideas aportadas por otra/os autora/es para ir anudando descripciones, experiencias personales reflexiones mías y ajenas
Este tema ha sido tratado ya, pero la particularidad se origina en que, quien hace la pregunta soy yo; una mujer. Eso se convierte en la novedad porque por siglos los hombres construyeron su propia imagen y reflexionaron sin tener en cuenta la perspectiva de género femenino. La imagen y representación hegemónica del hombre, válida para el género humano y para el hombre singular, subsumía en sí, sin diferencias, la imagen de la mujer. Ellas siempre fueron representadas, mencionadas, contadas, por ellos.
Hoy por hoy no es novedad afirmar que mi cuerpo es esa suma de disposiciones culturales y valores simbólicos, que fueron troquelando mi accionar, mis conocimientos y mi sexualidad. Las variaciones históricas que inevitablemente se suceden me atraviesan y me construyen. Nadie niega ya que podemos entender el cuerpo –nuestro propio cuerpo- como un elemento más de las construcciones culturales y de los valores simbólicos con que intentamos organizar el medio ambiente y el mundo. Pero, según Merleau-Ponty, ese saber consciente se origina a partir de un saber subyacente y previo a todo otro saber. Es el saber del cuerpo, y en él concurren “como dos estratos distintos: el del cuerpo habitual y el del cuerpo actual”
“En el primero figuran los gestos de manejo que han desaparecido del segundo la cuestión de saber cómo puedo sentirme provisto de un miembro que ya no tengo equivale, de hecho, a saber como el cuerpo habitual puede hacerse garante del cuerpo actual (…) Correlativamente, es preciso que mi cuerpo sea captado no solamente en una experiencia instantánea, singular, plena, sino también bajo un aspecto de generalidad y como un ser impersonal.” (p.101). En Merleau-Ponty no es nuestro cuerpo físico sino su representación dentro del cuerpo mismo lo que me permite que el cuerpo actúe en el mundo.
Dice Merleau-Ponty: el cuerpo no es un objeto. Y esto que parece tan obvio sin embargo lo sostuvo toda la tradición filosófica. El cuerpo es la condición de posibilidad de los objetos. Antes que nada somos en el mundo y lo somos gracias a nuestro cuerpo. Somos un cuerpo percibiente y por el solo hecho de ser cuerpo en el mundo se da la percepción como la instancia de significación. Dicha percepción no nace de una conciencia reflexiva sino que constituye una dimensión intencional propia de nuestro cuerpo. Esto no quiere decir que el cuerpo actúe mecánicamente al estilo “estímulo-reflejo”. Más bien son soluciones que generamos, para resolver situaciones que nacen de ser- en-el-mundo, ser con los demás.
Construimos nuestro mundo desde esa apertura que vivimos, en tanto somos cuerpo en el mundo, el cuerpo es fundante. Pero al mismo tiempo se nos revela como una ambigüedad porque no lo podemos convertir en objeto de conocimiento. En tanto no podemos afirmar que existimos como cosa o como conciencia, somos una ambigüedad.
Es a raíz de esa consideración del cuerpo: de experimentar y comprobar la manera en que tomamos contacto con nuestro cuerpo, la forma en que lo vivimos, lo sentimos y , por último, lo representamos -e inclusive las maneras que tenemos de auto representarnos situadamente-, que podemos afirmar que esas instancias están atravesadas ineluctablemente por la cultura.
Analicemos esta afirmación y veamos si lo que se ha dicho sobre el individuo incluye o ignora la diferencia de género. Sabemos que todo lo que se viene escribiendo sobre el cuerpo siempre ha tenido como objeto de estudio al individuo hombre. Pero el discurso que versa sobre la corporalidad la afectividad, la sexualidad y todo aquello que tenga que ver con momentos personales e íntimos no se encuentra en paridad de lugares y valoraciones si analizamos comparativamente el cuerpo humano femenino y el masculino.
Me guiaré por lo que los distintos autores: filósofos, psicólogos, psicoanalistas, fenomenólogos, etcétera, han escrito del cuerpo humano en general, y, de esas teorías trataré de desagregar aquello que se corresponda o no con el ser humano mujer. En la mayoría de los casos tendré en cuenta para mi trabajo las aclaraciones que hace el historiador Georges Duby en su libro Mujeres del siglo XII: “Lo que intento mostrar no es lo realmente vivido. Inaccesible. Lo que trato de mostrar son reflejos, lo que reflejan testimonios escritos. Me fío de lo que dicen. Digan la verdad o mientan, lo importante no es eso. Para mí lo importante es la imagen que proporcionan de una mujer (…).”
Por otra parte, sabemos que a lo largo de la historia, en construcciones sociales como la Iglesia, la ciencia, la historia, la filosofía y el derecho, dice Diana Mafia, "los hombres se enuncian pero las mujeres somos dichas, no somos sujetos de enunciación" Es decir, tendré en cuenta la imagen que proporcionan de las mujeres y la relación de éstas con su cuerpo. Apelaré también a discursos especialmente subjetivos para demostrar la distancia que existe entre la percepción del cuerpo como propiedad y la percepción del cuerpo como vivencia reprimida de acuerdo a pautas culturales vigentes.
El texto siguiente está sacado de un libro poco conocido y se denomina “Noche de monjas”. Fue escrito por una mujer en los años setenta pero el hecho que narra ocurrió justo al finalizar la primera mitad del siglo XX. La autora describe su experiencia personal tal como la recuerda
“(…) Demás está decir que muchas de las virtudes burguesas que poseo: disciplina, perseverancia, concentración, pulcritud, orden y la tendencia al ahorro, las debo a mi estadía -durante dos años- en el colegio "Jesús de Nazareth", en la ciudad de Buenos Aires.
(…)Todos los días cumplíamos con la siguiente rutina: lavarnos la cara y peinarnos; formar fila para que nos entregaran los respectivos guardapolvos y nos prendieran el moño - grande y duro como si fuera de cartón-, en la cabeza; esperar que nos repartieran el velo o mantilla que nos cubriría la cabeza. Todas las niñas rogábamos que nos tocara en suerte una mantilla que fuera más grande que un pañuelo así nos pareceríamos mejor a las Santas de las estampitas. Después de escuchar la Santa Misa, desayunar, devolver los velos y salir -ordenadamente en fila de a dos- para el otro colegio. (…) -justo el día anterior a tomar la Primera Comunión- sucedió algo especial e inolvidable. Las monjas nos adoctrinaban en la idea de vivir sin pecados; todos los días del año. Sabíamos que cumpliendo con todo lo que nos decían, nuestro nombre –escrito un pedacito de paño lenci rojo- iría subiendo por el corazón de Jesús en la lámina que estaba colgada en una de las paredes del comedor diario. Nuestro objetivo era el estado de pureza total para el día fijado en que tomaríamos -por primera vez- la comunión. La noche de la víspera, las hermanitas nos hicieron formar fila, después del último recreo, para ir a bañarnos. Nunca nos sacábamos ni la bombachita ni la camiseta para recibir el baño. Las monjas nos lavaban con esas prendas puestas. Refregaban nuestros cuerpecitos por encima de ellas. Luego, cuando salíamos de la ducha, otra monja nos envolvía en una gran toalla. Debajo de ella -con la dificultad obvia que ofrece el hecho de tener que sacarse una prenda que se pega al cuerpo-, teníamos que tironear la ropa mojada. Envueltas en la toalla nos mandaban -corriendo por el patio- a la habitación inmensa y llena de camas-cuchetas. Ahí, teníamos que
esperar, quietecitas y tapaditas con la ropa de cama, a que nos repartieran nuestras ropas interiores, y luego... limpias y puras, ¡a dormir para el gran día que llegaba! ¡Recibiríamos por primera vez el cuerpo de Jesucristo!
Nuestro cuerpo debía ser un templo apropiado para esa llegada. Meses que nos veníamos preparando para estar listas, puras, santas...Las hermanitas insistían e insistían con la misma cantinela... "Niñas buenas, sin malos pensamientos, obedientes, debíamos ser para que Jesús nos amara..." Algo pasó, sin embargo, que hizo que nunca olvidara ese día. Algo que parecía producto de mentes poseídas más que de niñas de 6 o 7 años... Era diciembre y la noche nos acariciaba cálidamente. Estábamos bastante excitadas por lo que sucedería al día siguiente. (…)
Cuando llegamos a la habitación y vimos que las monjitas encargadas de repartirnos la ropa interior limpia todavía no habían llegado,... nos sacamos las toallas que nos envolvían y nos pusimos a saltar de cama en cama, ¡desnudas! ...¡totalmente desnudas! y... gozando como diablillos de tan inapropiada travesura. ¡Todo se convirtió en gritos y risas...!”

El texto nos habla de la enseñanza que se les daba a las niñas en la primera mitad del siglo XX, sobre el cuerpo propio. Es cierto que se está hablando de un colegio religioso y posiblemente en las escuelas públicas, con una fuerte orientación positivista, no sucediera lo mismo. En ese colegio se enseñaba que el cuerpo era un templo que se poseía; en él habitaba el alma de cada niña durante toda su vida y hasta la muerte. Debía mantenerse limpio físicamente, velado y oculto a las miradas propias y ajenas. Tan oculto que se lo debía bañar sin desvestirlo. Posiblemente -y de acuerdo al desenlace de la narración- todavía no se había internalizado el hábito de ocultar el cuerpo ni se había conscientizado en profundidad la idea del mismo como fuente de pecado. La diversión obedecía más al hecho de andar saltando de cama en cama en lugar de estar acostadas que a la desnudez.

Si durante años y hasta avanzado el siglo XX, la mujer fue preparada para no ostentar su cuerpo, no verlo ni mostrarlo, no tocarlo ni pensarlo, es difícil suponer que le cabe la afirmación de Merleau-Ponty cuando dice: “Hemos aprendido de nuevo a sentir nuestro cuerpo. Hemos reencontrado –bajo el saber objetivo y distante del cuerpo-, este otro saber que del mismo tenemos, porque está siempre con nosotros y porque somos cuerpo”. [Las bastardillas me pertenecen
El autor publica su libro en 1945 y los hechos que se narran en el texto leído nos remite justamente a unos cuatro años más tarde que esa fecha: 1949.
Además, los aportes fenomenológicos de Merleau-Ponty cuestionan el “saber objetivo” ya que en ese tipo de saber, el mundo es puesto por el que conoce ante él mismo y no se tiene en cuenta que el sujeto de conocimiento también está en ese mundo. Estamos ignorando al sujeto de la percepción. Y el sujeto de la percepción es quien moldea la percepción. Por eso quise realizar el análisis sobre la experiencia hecha por una mujer tal como ella la percibió y como la recuerda muchos años después.

Como afirma Nelly Schnaith, todos los a priori de la construcción del percepto: historia personal, profesión, ubicación social operan como determinantes de la percepción en general. A esta lista podríamos agregarle –en especial y fundamentalmente- su pertenencia de género.

La idea de la dicotomía entre mi conciencia y mi cuerpo, -o como lo planteara el pensamiento griego: soma y sema: el cuerpo (soma) es tumba

(sema) para el alma- es fusionado sincréticamente en el Renacimiento con el pensamiento cristiano y lleva a una educación en la que el cuerpo debe
negarse para que el alma se salve. Pero es sabido que social y culturalmente, esta educación sólo se mantuvo vigente para la mujer.
Entonces es válido pensar que, si todos los estudios demuestran que desde la perspectiva de género, el cuerpo de la mujer fue reprimido por la educación y la formación social en general, difícilmente podríamos reconocerle la posesión de la “consciencia encarnada”.

Para comprender aquello que motiva este trabajo, nos detendremos en el aspecto que más ha padecido la negación o represión social y moral en la mujer. Nos referimos al cuerpo como ser sexuado, al contexto de la experiencia afectiva para el ser humano en general. Merleau-Ponty hace hincapié en la importancia del cuerpo en la construcción del mundo. El autor compara al ser humano normal con un enfermo y marca las diferencias: En el ser humano normal la sexualidad, el conocimiento y la acción son los tres sectores del comportamiento; y manifiestan una única estructura típica propia del ser humano integral. En este aspecto, es interesante destacar que Merleau-Ponty reivindica el aporte del psicoanálisis freudiano, al descubrir en las funciones que se tenían por 'puramente corpóreas', su relación dialéctica con los demás comportamientos.

Recordemos que cuando mencionamos lo sexual no estamos hablando de lo genital. Cito al autor: "Un espectáculo tiene para mí una significación sexual, no cuando me represento, siquiera confusamente, su relación posible con los órganos sexuales o con los estados de placer, sino cuando existe para mi cuerpo, para esta potencia siempre pronta a trabar los
estímulos dados en una situación erótica y ajustar una conducta sexual a la
misma. Se da una 'comprensión erótica' que no es del orden del entendimiento, porque el entendimiento comprende advirtiendo una experiencia bajo una idea, mientras que el deseo comprende ciegamente vinculando un cuerpo a un cuerpo. Incluso con la sexualidad que, no obstante, ha pasado mucho tiempo por ser el tipo de la función corpórea, nos enfrentamos, no a un automatismo periférico, sino a una intencionalidad que siga el movimiento general de la existencia y que ceda con ella."

En realidad, nos estamos refiriendo -dice el autor- al “poder general que tiene el sujeto psico-físico de adherirse a unos medios contextuales diferentes, de fijarse mediante experiencias diferentes, de adquirir unas estructuras de conducta” Y lo más importante, afirma, “Es lo que hace que un hombre posea historia” . En el caso del enfermo, que menciona Merleau-Ponty, la percepción ha perdido la estructura erótica, Sus perturbaciones resultan de una herida circunscrita en la esfera occipital y esa patología altera la estructura de la percepción o de la experiencia erótica. Eso le impide dar valor o significación erótica o sexual a los estímulos exteriores. Dice merleau-Ponty, “lo que ha desaparecido en el enfermo es el poder de proyectar delante de sí un mundo sexual”, un mundo afectivo normal. Esta falta de intencionalidad para el enfermo le impide ponerse en situación sexual, tanto como afectiva o ideológica.

Veamos ahora qué sucede con el comportamiento sexual y, en consecuencia, con el mundo afectivo femenino. Me remitiré para ello al famoso Informe Kinsey, de 1963 . En él se afirma que existe un menor interés de la mujer respecto a las relaciones sexuales; además, que las mujeres tienden a aceptar más fácilmente las formas sociales porque no
son tan accesibles como los hombres a los estímulos psíquicos o no son tan sometidas como ellos a reacciones inducidas. Con lo valioso que fue el aporte de ese informe, las conclusiones a las que arriba respecto al comportamiento sexual de las mujeres, según Igor Caruso-, son cuestionables. Para este autor, la cultura de occidente favorece una conducta “femenina” pasiva. Podemos preguntarnos ¿es pasiva por ser femenina o a la inversa, es femenina por ser pasiva?

Sabemos que en la Grecia antigua la homosexualidad era común pero no se la discriminaba y, en cambio, sí se lo hacía respecto a la mujer. Los generales de todos los ejércitos antiguos eran homosexuales, los marineros y los cazadores lo eran también según las estaciones del año. Occidente acentuó la sumisión de la mujer en la Edad Moderna en el mismo momento en que comenzó a discriminar la homosexualidad como contaminación de la amistad viril. Es decir, la discriminación de la homosexualidad es simultánea a la subordinación de la mujer.

Dice Diana Mafia: “(…) pero es con los contractualitas con quienes el discurso universalista nos genera una expectativa a las mujeres que luego se ve decepcionada, y sobre ese trasfondo se hace más visible el prejuicio androcéntrico que genera una ‘ceguera de genero’. Hobbes, Locke y Rousseau no inventan el poder de los varones y la intangibilidad de la familia patriarcal, pero de ellos esperamos al menos que no lo legitimen y lo consagren, y eso no ocurre.”
Ante esa identidad masculina, se decía que las mujeres presentaban un escaso interés y curiosidad sexual en comparación con los hombres.

También se ha dicho que esa pasividad de la mujer se corresponde con el comportamiento de las hembras entre los mamíferos superiores. Por lo tanto, lo convierte en algo biológico. El análisis cuantitativo de los datos que relevó el informe Kinsey avala esta afirmación. Las estadísticas, por auténticas y válidas que sean pueden ser interpretadas erróneamente si no se las contextualizan. Es lo que resulta del informe Kinsey en este aspecto, ya que la disposición de la mujer a reprimir la afectividad y el interés sexual hacia candidatos no aceptados legalmente por la sociedad se relaciona con las normas culturales de tipo patriarcal.

Además, se sumó el hecho de considerarlas menos troqueladas sexualmente que los hombres, por relaciones anteriores. Debemos considerar que la tendencia de la mujer -aun hoy y a pesar de ciertas transformaciones básicas-, favorecida y reforzada por una tradición patriarcal, promueve el tipo de la ‘mujer de un solo amor’, la ‘buena madre para sus hijos’, la ‘esposa femeninamente fiel’. Ella misma por anticipado tiende a racionalizar sus sentimientos de modo tal que se acomoden a los arquetipos propios de esa tradición.

Vayamos a la ejemplificación. El otro texto que extraje del mismo libro es un poema y fue escrito en la segunda mitad del siglo XX, más precisamente en 1977. Nos encontramos en él con una descripción que gira alrededor del cuerpo. Está escrito por la misma persona que escribió el texto anteriormente leído.

Confesión

En esta tu ausencia presente
quiero confesarte cosas...
Cosas que, sin que yo lo quiera,
se me ríen en el cuerpo y en la piel.

Mi cuerpo,
ese que conociste
antes de quedarse huérfano,
parado en una nube,
como un pájaro triste
hoy se ve.

Cansado de andar solo,
dueño de sí mismo y del tiempo,
pidiéndome disculpas,
anda buscando un límite.
Se interna en los espacios vitales
de los otros
y anda como los gatos,
de noche bajo la luna,
recorriendo ágil,
uno tras otro,
el aliento de los patios.

Mi cuerpo...ese que conociste...
Lo dejo que se vaya,
como si no fuera mío
que me deje el alma dormida y triste
conmigo.

Por razones ajenas a la pareja, los amantes están separados por más de dos años y la joven lamenta esa separación al mismo tiempo que no puede dejar de confesar el deseo que recorre su joven cuerpo. El nombre mismo del poema, Confesión, nos remite a una institución propia del mundo religioso católico que está gravitando en la exteriorización del sentimiento. El cuerpo es -para la autora- algo que posee y que la lleva por caminos de “perdición”. No puede aceptar en la representación consciente que los deseos tensionen su corporeidad. No puede admitir que ella es su cuerpo y, por lo tanto, no se hace cargo de sus vivencias eróticas. No se lo permite su consciencia y –gracias a su formación en una cultura que reprime el placer sensible en la mujer-, apela al desdoblamiento entre cuerpo y alma. Tanto en el primer ejemplo, el del baño corporal con el cuerpo vestido, experimentado en la primera mitad del siglo XX, como ahora, en la confesión se evidencia la represión de la intencionalidad hacia lo afectivo. Se traduce esto en el desdoblamiento, que como en las tragedias griegas el Deux ex machina viene a solucionar el conflicto.

Retomemos:

En la percepción en general, existe un fenómeno denominado ‘regulación compensatoria’ que tiende a agregar y a corregir en función de la experiencia anterior del sujeto. Esta afirmación está hecha teniendo como objeto de estudio la percepción humana en general.
Cuando esta afirmación es aplicada a la percepción específica de un sujeto femenino, la compensación de lo que percibe siempre obedecerá a las normas culturales pero, -en este caso- serán las que rigen el lugar simbólico específico de la mujer en su cultura. Lugar simbólico éste que nunca respondió a la vivencia personal e individual de la mujer sino a lo que se esperó o se espera históricamente de ella.

Es válido preguntarnos, entonces, ¿desde dónde se opera la mencionada “compensación regulatoria” en el caso de la percepción de un sujeto construido como mujer? Analizando la obras de mujeres artistas, escritoras, plásticas, etcétera, dice Eva Klein Bouzaglo, que las obras de estas mujeres nos interpelan con la pregunta clave que también nosotros nos hacemos acá: ¿pueden las mujeres elaborar una estética del cuerpo cuando tenemos la sospecha -y hasta la certeza diría yo- de que la dominación, la circulación desigual del poder, la marginación laboral y la violencia cotidiana pasan por la forma del discurso y están presentes en la forma misma de la lengua que usamos?

Lo que queremos resaltar es que existe una falacia al suponer la superioridad intrínseca de la experiencia inmediata que postula el realismo ingenuo. Decir: “yo estaba ahí”, “nadie me lo contó” no deja de ser una adaptación de lo observado a los propios esquemas; y en la mayoría de los casos, a los esquemas culturales hegemónicos. Lo que percibo como mujer no es el resultado de una experiencia inmediata. Mi percepción está determinada por mi formación religiosa, moral cultural. La mujer puede destinar horas de su vida a planchar con dedicación la línea del pantalón de su marido o de sus hijos.

Habíamos dicho, siguiendo a Merleau-Ponty que, sexualidad, conocimiento y acción, los tres sectores del comportamiento, manifiestan una única estructura típica propia del ser humano integral. Ahora bien, el dilema se presenta cuando queremos definir la percepción del propio cuerpo en la mujer. Si por siglos la mujer no ha podido hablar por sí misma, convencida de que ella no podía conocerse por sus limitaciones intelectuales, es comprensible que asumiera lo que de ella se dijera, y de esa forma actuara
y pensara en consecuencia. Será necesario que la memoria del cuerpo
negado se aleje de esa representación internalizada desde su temprana infancia, para que libremente su cuerpo intencione como cuerpo habitual.
Según lo que afirma Roberto Inda simultáneamente con los cambios operados en el rol social de la mujer, se vio afectado el rol del hombre. Poco a poco, éste fue tomando consciencia de no ser “el dueño de la sexualidad, ni del saber.” En la sociedad antropocéntrica, dichos valores apuntalaron la autoestima del varón y permitieron la construcción de una identidad humana hegemónica y dominante. Pero es evidente que la pareja humana es una unidad fundamental, sus dos mitades se necesitan mutuamente tanto desde lo biológico como desde lo social. Dice Simone de Beauvoir, “(…) al interior de esta unidad, para el hombre, la mujer es el Otro, en cambio, para la mujer, ella es el Otro en el interior de esa totalidad cuyos dos términos se necesitan. La mujer se percibe como lo otro del hombre por lo tanto, ella es el Otro doblemente.” Tocamos acá un sentido de la alteridad como un absoluto “a pesar de que la necesidad biológica pone al macho bajo la dependencia de la hembra” Según la autora, hay una tendencia de la mujer a continuar siendo el otro porque en definitiva aspirar a ser sujeto conlleva un riesgo económico y –lo que es más importante- implica el riesgo metafísico de tener que justificar su existencia, inventar sus propios fines.

Nunca seré mi cuerpo si no puedo ser yo la que decido o no qué hacer conmigo misma. Después de la Declaración de los Derechos Humanos donde leemos en el Artículo 2, inciso l, que todas las personas tienen los derechos y libertades proclamados en esa Declaración sin distinción alguna de raza, color, sexo,( la bastardilla es nuestra), idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición, habrá que seguir bregando para que las declaraciones no se queden en los papeles.

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